05 noviembre, 2018

"No puedo ver el mar por mucho tiempo, o lo que pasa en tierra pierde todo interés para mí".



En una entrevista realizada para un perfil publicado en el New York Times, Anne Carson fue interrogada sobre el final de Red Doc>. Sam Anderson, el periodista que la entrevistaba, le dijo que la muerte de la madre de G. le pareció terrible y ella respondió: "De algún modo escribí ese libro sin tener una relación con él". Días después, Anderson le preguntó como podía ser posible eso y ella le envió el siguiente email:

SA

1 una partícula es una cosa en sí misma, una ola es una molestia para algo más. probablemente a las olas mismas nada les moleste.

2 hay algunas partículas bien grandes en Red Doc> — de información (hielo), de dolor (madre), de carácter caprichoso (mente de buey almizclero) — pero para cuando las había escrito ya me había trasladado a la condición de ola.

3 quizás solamente estoy diciendo que soy una vieja jodida.

4 acuérdate de Monica Vitti diciendo: No puedo ver el mar por mucho tiempo, o lo que pasa en tierra pierde todo interés para mí.

ac

*

SA

1 a particle is a thing in itself. a wave is a disturbance in something else. waves themselves are probably not disturbed.

2 there are some big particles inside Red Doc> — of information (ice), of grief (mother), of caprice (musk ox mind) — but by the time i wrote them down i had moved out to the condition of wave.

3 maybe i’m just saying that i’m a tough old bugger.

4 remember Monica Vitti saying, I can’t watch the sea for a long time or what’s happening on land doesn’t interest me anymore

ac


02 noviembre, 2018

Hannah Wilke - Ponte de pie






Hannah Wilke en Revolutions Per Minute: The Art Record (1982)
Música: Jeff Gordon; Batería: Jim Brelauer; Bajo: Seth Glassman; Teclado, guitarra, sintetizadores: Jeff Gordon; Ingeniero: Roddy Hui.


Ponte de pie

Ponte de pie por lo que quieres hacer
ponte de pie no hay nadie diciéndote
cómo ponerte de pie, ponte de pie, cómo ponerte de pie.

Ponte de pie cuando la gente te mire en menos
ponte de pie y baila sobre el suelo
tienes que ponerte de pie, ponte de pie
tienes que ponerte de pie.

Productos desechables, la sociedad
consumidores informan el absurdo de la vida
exhibir la verdad es como el nudismo
así que ponte de pie, por qué no te pones de pie.

Ponte de pie y encarna tu propio cliché
ponte de pie, no hay a quien traicionar
cuando te pones de pie, ponte de pie
cuando te pones de pie.

Ponte de pie porque no perteneces
ponte de pie, si tienen demasiada razón se equivocan
tienes que ponerte de pie
tienes que ponerte de pie.

Relaciones exteriores, fuerza de gravedad
atlética, conformidad eléctrica
exhibir la verdad es como el nudismo
así que ponte de pie, cariño ponte de pie.

Ponte de pie para que las mujeres decidan
ponte de pie, son cuerpos tu interior
tienes que ponerte de pie, ponte de pie
tienes que ponerte de pie.

Ponte de pie y crea a tu creador querida
ponte de pie o podrías desaparecer
tienes que ponerte de pie, ponte de pie
tienes que ponerte de pie.

Futuros y asuntos, seguridad
no hay clausula de subarriendo de la humanidad
exhibir la verdad es como el nudismo
así que ponte de pie, tienes que ponerte de pie.

*

Stand Up

Stand up for what you want to do
stand up there's no one telling you
how to stand up, stand up, how to stand up.

Stand up when people put you down
stand up and dance above the ground
you've got to stand up, stand up,
you've got to stand up.

Disposable products, society
consumer reports, life's absurdity
exposing the truth is like nudity
so stand up, why don't you stand up

Stand up and be your own cliche
stand up, there's no one to betray
when you stand up, stand up,
when you stand up.

Stand up because you don't belong
stand up, if they're too right, they're wrong
you've got to stand up, stand up,
you've got to stand up.

Foreign affairs, force of gravity
athletic, electric, conformity
exposing the truth is like nudity
so stand up, darling, stand up

Stand up for women to decide
stand up, their bodies you're inside
you've got to stand up, stand up,
you've got to stand up.

Futures and issues, security
no sublet clause on humanity
exposing the truth is like nudity
so stand up, you've got to stand up.

11 febrero, 2017

Chateaubriand sobre Washington y Napoleón



PARALELISMO ENTRE WASHINGTON Y BONAPARTE

Bonaparte ha muerto recientemente. Puesto que acabo de llamar a la puerta de Washington, el paralelismo entre el fundador de los Estados Unidos y el emperador de los franceses se presenta de forma natural a mi espíritu; con tanta más razón cuanto que, en el momento en que escribo estas líneas, Washington mismo nos ha dejado. Ercilla, cantando y luchando en Chile, se detiene en medio de su viaje para contar la muerte de Dido; yo me detengo al comienzo de mi carrera en Pensilvania para comparar a Washington con Bonaparte. Hubiera podido ocuparme de ellos sólo en la época en que coincidí con Napoleón; pero si fuera a descender al sepulcro antes de haber llegado en mi crónica al año 1814, nada se sabría de cuanto tengo que decir de los dos mandatarios de la Providencia. Me acuerdo de Castelnau: embajador como yo en Inglaterra, escribió como yo una parte de su vida en Londres. En la última página del libro VII, le dice a su hijo: «Trataré de este hecho en el libro VIII», y el libro octavo de las Memorias de Castelnau no existe: lo que es un aviso de que he de aprovechar la vida.

Washington no pertenece, como Bonaparte, a esa raza que excede la estatura humana. Su persona no tiene nada de asombroso; tampoco ha conocido un vasto teatro de acción; no ha tenido que enfrentarse con los capitanes más hábiles y los monarcas más poderosos de su tiempo: no ha corrido de Menfis a Viena, de Cádiz a Moscú: se defiende con un puñado de ciudadanos en una tierra sin fama, en el estrecho círculo de los hogares domésticos. No libra esos combates que renuevan los triunfos de Arbelas y de Farsalia; no derriba los tronos para luego recomponer otros con sus escombros; no hace decir a los reyes a su puerta:

Qu’ils se font trop attendre, et qu’Attila s’ennuie.*

Las acciones de Washington están rodeadas de un cierto silencio; actúa con lentitud; diríase que se siente abrumado por la libertad futura, y que teme comprometerla. No es su destino lo que dirige este héroe de una especie nueva: es el de su país; no se permite jugar con lo que no le pertenece; pero ¡qué luz va a brotar de esta profunda humildad! Id a ver los bosques en que brilló la espada de Washington: ¿qué encontraréis en ellos?, ¿tumbas? ¡No; un mundo! Washington ha dejado los Estados Unidos como trofeo en su campo de batalla.

Bonaparte no posee ninguno de los rasgos de este serio americano: combate con gran alharaca en una tierra antigua; sólo persigue crearse su propia fama; sólo asume su propia suerte. Parece saber que su misión será breve, que el torrente que desciende desde tanta altura pasará rápido; se apresura a gozar y a abusar de su gloria, como si de una juventud fugitiva se tratara. Al igual que los dioses de Homero, quiere llegar en dos zancadas al confín del mundo. Hace acto de presencia en todas las costas; inscribe precipitadamente su nombre en los anales de todos los pueblos; ciñe coronas a su familia y a sus soldados; despacha rápido sus monumentos, sus leyes, sus victorias. Inclinado sobre el mundo, derriba con una mano a los reyes y con la otra abate al gigante revolucionario; pero, al aplastar la anarquía, ahoga la libertad, y termina por perder la suya en su último campo de batalla.

Cada uno recibe la recompensa según sus obras: Washington educa a una nación en la independencia; magistrado con la conciencia tranquila, cierra los ojos en su hogar en medio del pesar de sus compatriotas y de la veneración de los pueblos.

Bonaparte arrebata a una nación su independencia: emperador caído, se ve obligado a tomar el camino del exilio, donde el espanto que infunde hace que no se lo considere lo bastante prisionero a pesar de la protección del océano. Expira: esta noticia hecha pública en la puerta del palacio ante el cual el conquistador hizo proclamar tantas exequias, no hace detenerse ni asombra al viandante: ¿qué tenían que llorar los ciudadanos?

La República de Washington subsiste; el Imperio de Bonaparte ha sido abolido. Washington y Bonaparte salieron del seno de la democracia: nacidos ambos de la libertad, el primero le fue fiel, el segundo la traicionó.

Washington ha sido el representante de las necesidades, de las ideas, de las luces, de las opiniones de su época; ha secundado, en vez de contrariar, el impulso de los espíritus; ha querido lo que debía querer, la cosa misma para la que era llamado: de ahí la coherencia y lo perpetuo de su obra. Este hombre que impresiona poco, porque guarda unas proporciones justas, ha confundido su existencia con la de su país: su gloria es patrimonio de la civilización; su renombre se alza como uno de esos santuarios públicos en los que mana un manantial fecundo e inagotable.

Bonaparte podía enriquecer igualmente el dominio común; actuaba sobre la nación más inteligente, más valiente, más brillante de la tierra. ¡Cuál sería hoy el rango que ocuparía de haber unido la magnanimidad a lo que tenía de heroico, si, Washington y Bonaparte a la vez, hubiera nombrado a la libertad legataria universal de su gloria!

Pero este gigante no vinculaba en absoluto su destino al de sus contemporáneos; su genio pertenecía a la edad moderna: su ambición era propia de los tiempos antiguos; no se dio cuenta de que los prodigios de su vida excedían el valor de una diadema, y de que este ornamento gótico le sentaría mal. Unas veces se precipitaba hacia el porvenir, otras retrocedía hacia el pasado; y ya remontase o siguiese el curso del tiempo, por su fuerza prodigiosa, arrastraba o rechazaba a las multitudes. Los hombres no fueron a sus ojos sino un medio de poder: ninguna afinidad se estableció entre su felicidad y la suya; había prometido liberarlos, y los encadenó; se apartó de ellos y ellos se alejaron de él. Los reyes de Egipto situaban sus pirámides funerarias no entre campos floridos, sino en medio de las arenas estériles; estas grandes tumbas se alzan como la eternidad en la soledad: Bonaparte ha levantado a su imagen y semejanza el monumento de su fama.


*Que se hacen esperar demasiado y Atila se enoja", del Atila de Corneille.

14 marzo, 2016

Nuestra señora de las nieves



En la plaza Jungmannovo visitamos la iglesia franciscana de Nuestra Señora de las Nieves, cuya nave es la más alta de Praga. A Kafka le interesó el nombre. Me alegré de poder explicarle el origen de una denominación tan extraña para una iglesia, ya que había asistido varias veces a recitales de música religiosa checa antigua en aquel templo y había aprovechado la ocasión para informarme más a fondo de sus particularidades.
Según una leyenda antiquísima, en el siglo IV vivió en Roma un ciudadano muy rico y muy piadoso al que la Madre de Dios le había encargado en sueños que construyera una iglesia consagrada a ella en el mismo lugar en que al día siguiente hallara nieve. Según la leyenda, esto ocurrió durante los días más calurosos del verano del año 352. Así pues, se trataba de un sueño completamente absurdo que, sin embargo, demostró ser real, ya que a la mañana siguiente la colina romana de Esquilino apareció cubierta de nieve. El ciudadano romano, cuyo nombre se me había olvidado, hizo erigir allí la primera de toda una serie de iglesias de Nuestra Señora de las Nieves.
El sueño que supuestamente dio origen en Roma a la fundación de esta iglesia aparece representado en el retablo del altar mayor del templo franciscano homónimo de Praga.
Se lo mostré al doctor Kafka y terminé mi explicación con estas palabras:
—El nombre de la iglesia se basa en esa leyenda milagrosa.
A eso repuso el doctor Kafka:
—No lo sabía. Sólo conozco las noticias de los cronistas más recientes. Según sus datos, en el siglo xv esta iglesia fue un importante centro de reunión de los husitas más radicales.
Continuamos caminando.
Por un momento, la cara de Kafka se iluminó con el reflejo de una sonrisa que en seguida quedó sellada tras el severo pliegue de sus labios, y dijo:
—El milagro y la violencia sólo son los dos polos de la falta de fe. Uno malgasta la vida esperando pasivamente un mensaje orientador que nunca llega porque precisamente nuestra tensa espera hace que seamos sordos a él; o bien descarta toda esperanza con impaciencia y ahoga su vida entera en una orgía criminal de sangre y fuego. Los dos extremos son erróneos.
—¿Cuál es el correcto? —pregunté yo.
—Esto —respondió Kafka sin pensar, señalando a una anciana que rezaba arrodillada frente a una capilla lateral próxima a la salida—. La oración.
Dicho esto, me tomó del brazo y me atrajo con firmeza hasta la puerta. Una vez en el antepatio, dijo:
—La oración, el arte y los trabajos científicos de investigación sólo son tres llamas distintas que surgen de un foco único. Con ellas intentamos superar las posibilidades de nuestra voluntad personal de las que disponemos en un momento dado y llegar más allá de los límites de nuestro propio y diminuto yo. El arte y la oración sólo son manos tendidas en la oscuridad. Uno mendiga para regalarse a sí mismo.
—¿Y la ciencia?
—Es la misma mano mendicante de la oración. Nos lanzamos al oscuro arco de luz que une el dejar de ser con el llegar a ser para acomodar la existencia en la cuna de nuestro pequeño yo. Eso lo hacen por igual la ciencia, el arte y la oración. Por eso, hundirnos en nosotros mismos no constituye un descenso a lo inconsciente, sino un ascenso desde lo vagamente intuido a la superficie diáfana de la conciencia.

De: "Conversaciones con Kafka" de Gustav Janouch.

04 noviembre, 2015

Presentación de "Valpore" de Cristóbal Gaete



Hace poco fui invitado por Verónica Jiménez, la poeta y editora a cargo de Garceta Ediciones a presentar la segunda edición chilena de la novela Valpore de Cristóbal Gaete. Esto ocurrió el 28 de octubre recién pasado y las presentaciones estuvieron a cargo de la crítica literaria Patricia Espinosa y su servidor. Este es el texto que escribí para ser leído en la ocasión.

UNAS PALABRAS MÁS SOBRE VALPORE
por Rodrigo Olavarría

Una de las leyendas alrededor de Valpore es que su autor se hizo de parte importante de la primera edición y la ocultó. No se sí eso sea cierto, es posible. El libro llegó a mí, en sus primeras semanas de existencia, a través del poeta y amigo entrañable, Daniel Tapia, el autor del poemario La contru de mi alma y la primera persona en escribir sobre la novela que hoy nos reúne, tocando prácticamente todos los puntos que posteriores críticos y reseñistas tocarían. A saber: la relación con la fantasía de El almuerzo desnudo de William Burroughs (que en Valpore es mencionada explícitamente, pero de costado, como sólo una película: El festín desnudo), el vínculo con el tópico del descenso al inframundo que Tapia, muy oportunamente, relaciona con José Victorino Lastarria y su Don Guillermo, la crítica a la institucionalidad cultural y política, y todo lo demás, en realidad. El caso es que Daniel Tapia me hizo leer Valpore y me convirtió en un misionero de esta novela que he leído y releído, y por la cual siento admiración sincera, sobre todo por el impulso que la recorre y la borboteante imaginación que le da vida, y cuando digo borboteante, quiero decir que esa imaginación borbotea como el caldero de una bruja.

Es natural mencionar la relación de Valpore con la narrativa social de autores como Nicomedes Guzmán, González Vera y Manuel Rojas. Esto ha sido mencionado en prácticamente todos los escarceos escritos en torno a esta novela y es absolutamente cierto, pero Valpore no toca solamente la tecla de la realidad, sino que también ensaya unos acordes de irrealidad y fantasía paranoide en torno a los tópicos que aborda, por ejemplo, Nicomedes Guzmán en Los hombres obscuros, publicada en 1939. En ella ocurre una redada policial higienista y, digámoslo, fascista, en que los pobladores del sur de Santiago son sacados a la calle por la policía y el ejército para ser rapados, desinfectados, y así evitar que transmitan sus enfermedades al resto de Santiago. El efecto de esta redada llega al lector cuando el protagonista llega a su cité y encuentra a su amada, enferma de tuberculosis, sentada en la calle, cubierta con una manta miserable y expuesta al frío del invierno, rapada y bañada en un químico asqueroso. En Valpore, en cambio, vemos una redada policial en el cerro Valpore, un cerro ubicado a espaldas de Valparaíso, “el cerro final”, en palabras del propio Gaete, y en esa redada vemos cómo “los mostros”, los niños fumones de pasta base, arrancan de las cucas y los palos de los carabineros, palos que caen innumerables sobre esas cabezas frágiles como cáscaras de huevo, cabezas que reventadas en el suelo se evidencian vacías, huecas, cubiertas por una película de polvo blanco. 

Lo que es sentimental en Nicomedes Guzmán, en Gaete es brutal y producto de la mirada de un narrador que no siente compasión por estos niños, ni por los cineastas o los investigadores patrimoniales o los estudiantes de posgrado que se revuelcan con sus objetos de estudio para meterlo todo luego en un artículo en una revista indexada, en fin, ni siquiera por aquellos parecidos a él mismo, un: “indio-alternativo-artista-garzón-porteño”.

Pienso que el protagonista de Valpore es un Odiseo que vaga sin destino por un mar Egeo que no es sólo un paisaje, sino todo el entramado social porteño, incluidas la escenificación cultural que caracteriza las políticas culturales de la concertación. Ahí navega nuestro dudoso héroe, tratando de hacerla, página a página, mientras Gaete no escatima el vitriolo de su imaginación. El mismo Gaete dice por ahí sobre Valpore: “Más que la versión bizarra de Valpo, para mí es la posibilidad de crear un espacio a partir de elementos reales llevados a un extremo”. Y es muy cierto. Los personajes y condiciones sociales puestos ante nosotros son reales y han sido extremados mediante la práctica de una crítica paranoica, un método que suele revelarnos más de lo que quisiéramos ver. Y en esto, vuelvo a pensar en Daniel Tapia, quien recalcó, poco después del terremoto del 2010, que en Valpore existía el “gesto compulsivo de mostrar la ciudad que no se ve, ese puerto que esconden los medios oficiales y que descubre la literatura”. Ambas novelas, Valpore y Don Guillermo (conocida con el mote de: "la primera novela chilena"), comparten este gesto y también la voluntad crítica de desmenuzar la sociedad y evidenciar la vileza. En Don Guillermo, la de cuatro monstruos que someten a la población: Mentira, Ignorancia, Fanatismo y Ambición; y en Valpore, una clase política que encarna los mismos cuatro monstruos denunciados por Lastarria, una institucionalidad neoliberal que lanzó bombas de neutrones sobre la dignidad de la sociedad chilena, pauperizándola y despojándola del lenguaje. Y cuando elijo la imagen de la bomba de neutrones es porque esta bomba aniquila a los seres humanos pero deja intactos los edificios, haciendo que todo parezca normal y en orden, en una imagen fantasmagórica más que podría ilustrar aquello que la dictadura y su continuidad han hecho por Chile.

Una vez escuché a un amigo decir un chiste brutal, uno que quizás haría reír a Cristóbal Gaete, un chiste cómico y doloroso cuya línea final reemplaza la expresión “lumpen proletariado” por la de “lumpen profesorado”. Quizás cabe aquí decir que el amigo que me contó ese chiste es profesor y vive y trabaja en Valparaíso. 

En fin, voy a cerrar citando el último párrafo de la presentación de Daniel Tapia, que me parece ejemplar por su lucidez y su veloz apreciación: “Cómo va a cambiar el destino de una ciudad o de un país un pobre angustiao. Ni con los grandes ladrillos de paraguayo ni con los papelillos de pasta ni con esa coca pateá con bicarbonato ni con diez mil cañas de vino se puede cambiar el destino de nuestras vidas, dominados por las cúpulas de los poderosos políticos y su dinero”.

Presentación de Bruno Montané



El miércoles 14 de octubre del 2015 en la Universidad Diego Portales me tocó presentar a Bruno Montané, poeta chileno y fundador del Infrarrealismo junto a Mario Santiago y Roberto Bolaño, quien participó de la Cátedra Abierta Roberto Bolaño con la conferencia “Papeles del afuerino”. He aquí el texto de esa presentación.

LA FENOMENOLOGÍA DE LOS DESVANES
por Rodrigo Olavarría.

Partamos por lo más obvio, bienvenidos a la Cátedra Abierta Roberto Bolaño. Bienvenido Bruno. Ahora, voy a realizar una pequeña contextualización biográfica de nuestro invitado de honor. Bruno Montané nació en Valparaíso. A los diecisiete, después del golpe de estado emigra junto a sus padres y hermano a México, donde vivió entre 1974 y 1976 para luego partir a Barcelona y ahí residió hasta hace muy poco. ¿Vives en Bremen ahora, no? Ha publicado El maletín de Stevenson (1985), Helicón (1987), Cuenta (1998), El cielo de los topos (2002) y hace casi un año Mapas de bolsillo a través de Ediciones Tajamar. Además ha publicado en numerosas antologías y revistas desde mediados de los años setentas. Bruno Montané es también uno de los fundadores del infrarrealismo, un movimiento poético que él no tiene ningún problema en desmitificar, pero que tanto los amantes de la poesía como los lectores de la obra de su amigo Roberto Bolaño, hemos levantado a un estatus legendario. 

La verdad es que toda esa generación de poetas latinoamericanos, los infrarrealistas: Roberto Bolaño, Bruno Montané, Mario Santiago y otros; los poetas horazerianos del Perú: Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Tulio Mora, Carmén Ollé y otros, y poetas chilenos como Rodrigo Lira, Claudio Bertoni y Diego Maquieira, han sido leídos por nuevas generaciones de poetas que los consideran sus predecesores y admiran tanto sus posiciones estéticas como la forma en que resistieron la acometida de la historia, tanto del fascismo como del estalinismo, y no cedieron a la escritura comprometida, fieles a un programa poético que tenía tintes colectivos, pero que rescataba también el valor de una profunda e irrenunciable individualidad. Autores de una poesía que hacía énfasis en la visualidad, en la imagen, quizás por una línea genealógica que va del imaginismo de la primera hora, el de William Carlos Williams y Ezra Pound a Ernesto Cardenal y a Allen Ginsberg, por nombrar dos poetas que influyeron en una generación que rehuyó lo dado, que se alejó de las formas tradicionales y del verso de forma cerrada.

En un manifiesto conjunto de Bruno Montané y Roberto Bolaño titulado “Rasgar el tambor, la placenta” escrito en Barcelona en noviembre de 1977 y publicado en “Rimbaud vuelve a casa”, se plantea una imagen recurrente en la obra de Montané y Bolaño, una imagen que aparece en Estrella distante y Los detectives salvajes, una imagen emparentada con el poema épico de una generación que es el Aullido de Allen Ginsberg: “Estamos como esos niños que huyeron de los nazis y se perdieron en los bosques polacos y fueron muriendo de hambre, como cuenta Brecht en una balada. Estamos como esos niños de La Cruzada de los niños, de Marcel Schwob, con cuarenta grados de fiebre, resbalando una y otra vez por las faldas crispadas de la Cordillera de Los Andes.”

Esa era la situación de estos jóvenes, toda una generación, que se veían exiliados dentro y fuera de sus países. Intentando conectar, intentando crear sentido, intentando crear en un mundo que se había convertido en el tubo de ensayo de una terrorífica sociedad futura, una sociedad a la que nos acercamos cada vez más. Y de fondo, el famoso discurso de las armas y las letras, resonando en la imaginación de todos los que crecieron paralelamente al triunfo de la revolución cubana. Esa generación.

En la antología Muchachos desnudos bajo el arcoíris de fuego de 1979, Bruno Montané es presentado como poeta, inventor de objetos y fotógrafo. Este dato no deja de ser importante pues Bruno Montané es el tipo de poeta-fotógrafo capaz de descubrir que las palomas vuelan dentro de la sombra de los edificios y luego sentarse con lápiz y papel a extraer las imágenes cansadas que hierven dentro de las bujías de la imaginación; es también el tipo de inventor que ejerce su derecho a no ser él mismo y a desarrollar la fenomenología de los desvanes mientras apila los ladrillos de la vida contra los rincones del abismo.

Bruno Montané es el tipo de poeta capaz de escribir versos como: “La palabra es hoguera en los palacios / Y tienda de campaña en los jardines”, un poeta que ejercita la mirada para fijar esas imágenes en el papel, es un editor de la realidad deslumbrado por el lenguaje y un convencido de que dentro de un verso se esconde el verso que lo sucede. Es un poeta del lenguaje, pero capaz de crear imágenes que quedan suspendidas en la mente del lector. En ese sentido, es un poeta y un fotógrafo, un autor que a ratos pareciera desconfiar del ejercicio de la escritura o que, mejor dicho, continuamente cuestiona la escritura como medio y como obra, sobre todo la suya propia.

En esta poesía, como duendes, las mejores imágenes y los mejores pensamientos salen de lo inmaterial, de lo trascendente a lo concreto. Las imágenes y los pensamientos se hacen visibles al ser revelados en el cuarto oscuro que es la lectura: “como si una persona se viese invadida de lucidez”, esas son palabras del propio Montané. 

Esta desconfianza que antes mencionaba ya es visible en el texto de presentación que escribió en 1979, cuando tenía veintidós años, para una antología de jóvenes poetas chilenos titulada Entre la lluvia y el arcoíris (1983). Este texto es genial porque se me hace la idea de que Bruno Montané podría haberlo escrito ayer para ser leído hoy: “En estos días me estoy pensando mucho el asunto de la escritura, lucho enredándome al cuestionar mi desarrollo, yo creo que se trata de no caer en falsas coartadas, en lugares o estilos cómodos. Más o menos, lo único que doy por definitivo es el deseo y la necesidad por crear, por producir un sistema paralelo contenido en la realidad: la literatura y su pedacito llamado poesía. // Estos poemas escritos hace algún tiempo forman parte de este aprendizaje que no termina (pero la escuela es muy rara) y su producción la considero bastante intuitiva, dejándose llevar mucho por el ritmo, por el aliento del verso que contiene en si al que le sigue, etc.”

Y más recientemente, el propio Bruno Montané ha dicho sobre su poesía: “Creo que es rara, que se pelea consigo misma, que es una poesía sobre el lenguaje. Pero que siempre intenta asumir un gran respeto por la mente del lector.” Es humilde Bruno Montané, dice que intenta asumir un gran respeto por la mente del lector, lo cual es absolutamente cierto, pero en realidad lo que hace es ofrecer dulcemente a esa mente hipotética que es la mente del lector imágenes donde la realidad es una nube que nos corona la cabeza y nos ofusca, imágenes que son flashazos en medio de reflexiones intuitivas, donde la escritura se asume como “asomarse a un túnel, / errar e insistir”, golpear “las precisas piedras / que chocan y hacen chispas en la noche inútil”.

También recientemente ha dicho, sobre el acto de escribir poesía: “Lo que llamamos estilo no es más que el balbuceo que torpemente intentamos asumir cuando escribimos el primer verso, sin saber nunca si lo hemos conseguido.” Afirmación que me huele a Flaubert y su “el lenguaje es como una tetera rota en la que tocamos música para que los osos bailen, cuando, en realidad, todo lo que queremos es conmover a las estrellas”. Un artesano que desconfía del lenguaje, el material que ha elegido para realizar su oficio.

A veces incluso podría sonar desencantado, pero sabe que aunque “ningún poema dé / lo que regala una extraña hora”, “el poema recuerda que el silencio / de un fuego lejano / crepita en nuestra imaginación” y que, a fin de cuentas, “ningún poema se equivoca / en su oscuro equilibrio”. Como vemos, no existe tal desencanto, la poesía para Montané es un ejercicio necesario, desligado de la función productiva que implica la concreción del acto escritural en el objeto que conocemos con el nombre de libro. De hecho, hace menos de un año afirmaba: “escribo sin pensar en un libro. Escribo el poema, una y otra vez, veladas versiones que siguen el mismo impulso, como hacía el pianista de jazz Thelonious Monk, cuando explicaba que todos sus temas eran parte de un largo e interminable solo…”

Roberto Bolaño en uno de ensayos y prosas dispersas reunidas en el libro Entre paréntesis dijo sobre los poemas de Montané: “Su poesía está hecha de pinceladas suspendidas en el aire. A veces son sólo apuntes, otras veces miniaturas, en ocasiones largos poemas existencialistas reducidos a ocho o doce versos. Su poesía está hecha de sangre suspendida en el aire. Su voluntad, o su disposición ante el mundo o ante la cultura, se debate entre polos irreconciliables. De esta dilatada lucha ha sabido extraer versos paradójicos. Escribe como un naturalista que cree en muy pocas cosas y que sin embargo sigue haciendo su trabajo con tesón, un tesón que en ocasiones se confunde con la indiferencia. Para mí es uno de los mejores poetas chilenos actuales.” 

Se me ocurre todo esto y un canguro salta de matorral en matorral en las praderas de mi mente.

Les pido que suspendamos la necesidad de la academia de citar y señalar referencias. No recuerdo el libro donde leí esto, pero recuerdo claramente haberlo leído. Se trata de un texto de Ezra Pound donde en alguna parte afirma: “lo único que me ha enseñado la vejez, es que a los diecisiete años tenía la razón”. Y a la luz de esta frase me gustaría volver a leer un fragmento de la poética que Bruno Montané escribió para Entre la lluvia y el arcoíris: “yo creo que se trata de no caer en falsas coartadas, en lugares o estilos cómodos. Más o menos, lo único que doy por definitivo es el deseo y la necesidad por crear, por producir un sistema paralelo contenido en la realidad: la literatura y su pedacito llamado poesía”.

Sería genial que cuando sea viejo, Bruno Montané pueda decir con naturalidad esta sabia y desfachatada frase: “lo único que me ha enseñado la vejez, es que a los diecisiete años tenía la razón”. Pero me parece que es una pregunta que se seguirá haciendo, renovándola una y otra vez, en el solo de piano de su escritura, en el cuarto oscuro donde vuelca sus químicos y extrae sus imágenes, en la mesa de dibujo donde extiende enormes mapas, fiel a la idea de que: “El poeta es el cartógrafo de los deseos que cuelgan al borde del abismo”.

26 octubre, 2015

Bruno Montané en la Cátedra Roberto Bolaño


El miércoles 14 de octubre en la Universidad Diego Portales me tocó presentar a Bruno Montané, poeta chileno y fundador del Infrarrealismo junto a Mario Santiago y Roberto Bolaño, quien participó de la Cátedra Abierta Roberto Bolaño con la conferencia “Papeles del afuerino”, he aquí el audio de ese día junto a algunas fotos de Roberto Apablaza.

20 octubre, 2015

Cinco poemas de William Carlos Williams



BUENAS NOCHES

Bajo la luz brillante del gas
abro la llave del lavaplatos
y veo el agua salpicar
la blanca y limpia cerámica.
A un lado de
las ranuras del escurridero
un vaso lleno de perejil—
de un verde nítido.
Esperando
que el agua se enfríe—
echo una mirada al suelo impecable—:
un par de sandalias de goma
una al lado de la otra
bajo la mesa de pared
todo está en orden para la noche.
Esperando, con un vaso en la mano
—tres chicas vestidas de raso rojo
pasan cerca de mí en
el susurrante fondo de
la abarrotada ópera—
es
la memoria y sus payasadas—
tres difusas e insignificantes chicas
colmadas de aromas y
el murmullo de telas
que se frotan con telas y
pequeñas zapatillas en la alfombra—
¡francés de instituto
hablado en voz alta!
Perejil en un vaso,
inmóvil y resplandeciente,
me hace regresar.
Tomo un sorbo y
bostezo deliciosamente.
Estoy listo para acostarme.


JUEVES

He tenido mi sueño—como otros—
y nada en él se ha cumplido, de modo que
ahora descanso sin preocupaciones
con los pies bien plantados en el suelo
y miro al cielo—
sintiendo mi ropa a mi alrededor,
el peso de mi cuerpo en mis zapatos,
el borde de mi sombrero, el aire que pasa dentro y fuera
hacia mi nariz—y decido no soñar más.


TARDE PARA EL CLIMA VERANIEGO

Tiene puesto
un viejo sombrero gris claro
Ella una boina negra

Él un suéter sucio
Ella un abrigo viejo azul
que le queda ajustado

Pantalones grises anchos
Falda roja y
zapatos de tacón rotos

Gordo Perdido Paseando
por ningún sitio en particular
por el barrio alto van pateando

y hacen un camino a través
de montones de
hojas de arce en el suelo

todavía verdes—y
nítidas como billetes de un dólar
Nada qué hacer. ¡Opa!


RETRATO PROLETARIO

Una joven alta sin sombrero
con delantal

Su pelo peinado hacia atrás, parada
en la calle

Un pie con medias roza
la acera

Su zapato en la mano. Mirándolo
con atención

Ella saca la plantilla de papel
para encontrar el clavo

Que le ha estado haciendo daño


LA JOVEN ESPOSA

A las diez AM la joven esposa
se pasea en negligé tras
las paredes de la casa de su marido.
Yo paso solo en mi auto.

Luego ella baja a la vereda
a llamar al heladero, al pescadero y se queda,
tímida, sin corsé, acomodándose
algunos cabellos; y yo la comparo
con una hoja caída.

Las silenciosas ruedas de mi auto
pasan crepitando sobre
hojas secas mientras saludo y sonrío.

*

GOOD NIGHT

In brilliant gas light
I turn the kitchen spigot
and watch the water splash
into the clean white sink.
On the grooved drain—board
to one side is
a glass filled with parsley—
crisped green.
Waiting
for the water to freshen—
I glance at the spotless floor—:
a pair of rubber sandals
lie side by side
under the wall—table
all is in order for the night.
Waiting, with a glass in my hand
— three girls in crimson satin
pass close before me on
the murmurous background of
the crowded opera—
It is,
memory playing the clown—
three vague, meaningless girls
full of smells and
the rustling sound of
cloth rubbing on cloth and
little slippers on carpet—
high school French
spoken in a loud voice!
Parsley in a glass,
still and shining,
brings me back. I take my drink
and yawn deliciously.
I am ready for bed.


THURSDAY

I have had my dream — like others —
and it has come to nothing, so that
I remain now carelessly
with feet planted on the ground
and look up at the sky —
feeling my clothes about me,
the weight of my body in my shoes,
the rim of my hat, air passing in and out
at my nose — and decide to dream no more.


LATE FOR SUMMER WEATHER

He has on
an old light grey Fedora
She a black beret

He a dirty sweater
She an old blue coat
that fits her tight

Grey flapping pants
Red skirt and
broken down black pumps

Fat Lost Ambling
nowhere through
the upper town they kick

their way through
heaps of
fallen maple leaves

still green—and
crisp as dollar bills
Nothing to do. Hot cha!



PROLETARIAN PORTRAIT

A big young bareheaded woman
in an apron

Her hair slicked back standing
on the street

One stockinged foot toeing
the sidewalk

Her shoe in her hand. Looking
intently into it
She pulls out the paper insole
to find the nail

That has been hurting her


THE YOUNG HOUSEWIFE

At ten AM the young housewife
moves about in negligee behind
the wooden walls of her husband’s house.
I pass solitary in my car.

Then again she comes to the curb
to call the ice-man, fish-man, and stands
shy, uncorseted, tucking in
stray ends of hair, and I compare her
to a fallen leaf.

The noiseless wheels of my car
rush with a crackling sound over
dried leaves as I bow and pass smiling.